Ciudades Virtuales

Darse una vuelta por una periferia urbana es perderse en un mundo de autopistas, señales y edificios surgiendo aquí y allá que parecen flotar, sin que se pueda determinar con exactitud donde están posados, a no ser que alguna salida de la autopista o la señal del navegador satélite nos conduzca a su base. De pronto, alguien en el coche exclama un “¡mira!” Como impertérrito ante los avatares del progreso a su alrededor, como detenido en el tiempo, un pozo junto a un árbol, una alquería, un viejo restaurante de carretera atraen nuestra atención entre la indiferencia del paisaje general. Se trata de un “lugar”.

Un lugar
Un lugar

El concepto de lugar, quizá por la sensación de estar desapareciendo por momentos ante nuestros ojos, ha tratado de definirse reiteradamente en los últimos tiempos. En la interpretación Henri Lefebvre, se trata de aquella referencia sicológica que el hombre en origen hiciera sobre el medio natural para desenvolverse en él. Un lugar para el hombre agrícola era un punto del territorio con un significado; bien funcional (un prado, una labor, un pueblo) bien simbólico (una montaña, un claro, unas ruinas). Entonces, le daba carta de naturaleza asignándole un nombre. Observando un plano toponímico descubriremos que cualquier campo está plagado de nombres, es decir, de lugares con un significado para alguien. No obstante, encontramos que hay lugares especiales, pues tienen significado –por su antigüedad, por su funcionalidad o simbolismo- para un número mayor de personas.

 

La importancia de esta idea del lugar radica en su esencia simbiótica entre la naturaleza y lo humano. Igual que no hay lugares allá donde no hay hombres para interpretarlos (en la Antártida, en Marte) parece difícil encontrarlos en entornos artificiales en que lo natural ha sido erradicado. Igualmente el paso del tiempo resulta relevante para su conformación: un lugar no puede ser creado instantáneamente, desde cero.

 

Las ciudades

 

Si consideramos la idea de territorio en cuanto que superposición del sistema natural y del “sistema humano”, convendremos que la ciudad histórica, aproximadamente hasta mediados del S. XX, era un territorio. Podíamos encontrar la huella del medio natural –un río, una colina, una bahía- en simbiosis más o menos alterada con la acción humana; podíamos hallar regiones, rutas que las atravesaran y, sobretodo, podríamos encontrar lugares: sitios con un significado relevante para una mayoría; más allá de los lugares particulares de cada cuál, para la comunidad, como por intersección de conjuntos, ciertos entornos destacan sobre el resto: una fuente, una avenida, el centro, un parque, una iglesia con su plaza, un comercio en una esquina, un mercado. Estaban plagadas de ellos.

 

Las periferias y los lugares

 

La progresiva tecnologización y mecanización de las ciudades, la racionalización y planificación de sus estructuras, buscó a lo largo del siglo XX organizar, optimizar, el asentamiento de grandes poblaciones de aluvión. Ello mejoró en Europa las condiciones de vida en aquellas ciudades. No obstante, como un reverso del progreso, la racionalización parecía llevar aparejada la idea de la “artificialización” del mundo. La naturaleza pasaba a ser un obstáculo, un simple recurso que la superior lógica humana debía utilizar, mejorar. La idea del viejo y duradero pacto entre hombre y naturaleza tendía a diluirse, pues nadie pacta con quien considera inferior. La ciudad humana sería una ciudad exclusivamente de las leyes de los hombres.

 

 Ciudades virtuales: Shanghai
Ciudades virtuales: Shanghai

Así fue como la bienintencionada ciudad de los ensanches se fue transformando en un ente que se extendía, apenas sólo limitado por la economía productiva y las posibilidades de la técnica, sin control sobre el territorio. Con un asombroso parecido con sistemas como Internet, la vida en los entornos periurbanos se organiza en terminales donde la vida se produce (el hogar, el trabajo, el gimnasio) conectados con otros “terminales” por grandes sistemas en red: autopistas, telecomunicaciones o redes de energía, sin una transición, esa continuidad característica de la vida.

 

Sin dejar de resultar fascinantes con sus luces, luminosos, velocidad, los centros comerciales la posibilidad de ir a un lugar y después a otro, al menos un par de aspectos sin embargo resultan inquietantes en estas periferias: la velocidad con que son creadas, típica del arrollador ritmo de la vida moderna que arrastra, lo quiera o no, a quien pretenda una existencia independiente, impide la tranquila moldeación y adaptación de su entorno del poblamiento histórico. Por otra parte el monopolio de las técnicas, de la planificación por parte de los poderes públicos, de los materiales industrializados y globalizados, redunda en una despersonalización cuasi total: una periferia es casi idéntica en Shanghai que en Kuala Lumpur. El toque personal que el propietario da a su restaurante, el tipismo de una casa según su localización resultan incompatibles con un mundo de franquicias, viviendas adosadas y tecnología hábil para corregir cualquier circunstancia climática o territorial local.

 

En este contexto la idea del lugar se hace inviable. La personalidad se diluye, como en las sociedades modernas, en la corriente única, el mainstream global. Si nos preguntaran en definitiva por qué es así, cabría apelar finalmente a la incapacidad de ponerle nombre a cada instalación, urbanización, planta. ¿Como denominar algo que carece de especificidad según su naturaleza? Encontramos así perversiones como la de Eurovegas, en que un topónimo originado en un lugar encontrado antaño por algún español en América, regresa paradójicamente convertido en mera insignia comercial a su país de origen sin vinculación alguna con su entorno de implantación. 

 

Por: 

Miguel Gómez Villarino

Arquitecto en Melissa Consultoría e Ingeniería Ambiental. 

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Comentarios: 4
  • #1

    Andy (sábado, 17 noviembre 2012 19:45)

    Interesante exposición sobre la evolución de las ciudades y el nacimiento de las periferias y ensanches de las mismas. Como la naturaleza ha acabo siendo descolgada del tejido urbano. Aunque a veces se pueda evitarlo: el típico restaurante de Little Italy con sus luvces de neón por las noches y sus mesas con mantelitos por el día. O las charcuterías que aparecen camino desde New Yersey a New York en The Sopranos.
    A mi me gustan los barrios como Malasaña, Conde Duque o Chueca, que unen una agresiva confluencia de edicios más o menos históricos con tiendas de todos los colores y modernidades o enclaves históricos como el cuartel de Conde Duque o La Plaza de las Comendadoras. Buena reflexión.

  • #2

    Ivan (viernes, 30 noviembre 2012 13:21)

    Una exposición que parece un collage de obras de otros autores y en la que la lógica del lugar está mal tratada, especialmente obviando algo tan importante como el concepto "no lugar"...

  • #3

    Ale (viernes, 30 noviembre 2012 13:35)

    Me ha gustado mucho el artículo, pero no he entendido el comentario de Ivan, no es un collage, es original y fresco!!
    Sobre todo me ha gustado mucho la reflexión sobre Las Vegas, nunca lo había pensado, ahora se me viene a la cabeza una veguita hermosa junto a un riachuelo, violentamente destrozada por esa cosa horrorosa que son Las Vegas...

  • #4

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